Paseando entre Viñedos en La Mancha

Como cada año, cuando se acerca el mes de Septiembre, oír hablar de la vendimia en La Mancha me trae recuerdos de mi niñez. Siendo de familia manchega es imposible no recordar esos días en el campo, corriendo entre las viñas y poniéndome pámpanas verdes en el pelo, mientras saboreaba el dulzor de un pequeño racimo de uvas cortado de una cepa. Las manos pegajosas, el sol en mi cara, y un pañuelo gris de cuadros, que era de mi abuelo, atado en la cabeza. Si cierro los ojos puedo trasladarme allí y verme de niña.

Y así año tras año, la vendimia anticipaba la llegada del otoño. Y mi pueblo olía en todos y cada uno de sus rincones a mosto. Los tractores ocupaban manzanas enteras haciendo colas para descargar la cosecha a última hora de la tarde en la cooperativa vinícola, incluso cuando ya había anochecido. Recuerdo que hablaban del grado de la uva, del precio, de los kilos recogidos… El pueblo se llenaba de forasteros que acudían a trabajar en la campaña de vendimia. Y los campesinos recogían, por el fin, el fruto de su esfuerzo y de todo un año de trabajo.

Yo intenté colarme en el remolque de algún tractor que salía de casa de mis abuelos al amanecer, lleno de hombres, y sobre todo de mujeres, ataviadas con su pañuelo en la cabeza, sus guantes y las tijeras o garranchos para cortar la uva, pero nunca me dejaron. Era demasiado pequeña aún, pensaban que iba a molestar más que a ayudar, y eso que yo era muy buena niña y no daba guerra. El caso es que nunca pude ir a lo que para mí representaba una excursión. Todos se reían cuando les contaba que quería ir con ellos, de pie en el tractor, viendo las primeras luces del sol, resguardada del frío, con mil capas, como una cebolla, para ir despojándome de ellas según sentía el calor del sol sobre mi. No me importaba tener que madrugar para poder vivir la experiencia de una jornada completa, y ser vendimiadora por un día.

Tenía que conformarme con ir mucho más tarde, en el coche, con mis padres o mi abuelo, habitualmente a la hora de la comida, que es cuando van los jefes a ver a sus vendimiadores. Y aunque sé que la comida en el campo era uno de los mejores momentos, me perdía las risas, tararear las canciones, escuchar el tema del verano a toda pastilla en la radio, las disputas por la emisora o el tipo de música, el botijo a la sombra, el cansancio, el calor, el polvo, los animales que saltaban de las cepas, las moscas revoloteando en torno al guiso (ó como dicen en mi pueblo “al caldillo”), las siestas a la sombra de la casa de campo o del tractor, los motes, las anécdotas, la intimidad, las vistas y la satisfacción de poder ayudar en el trabajo.

No opinaban lo mismo mis primas mayores que volvían agotadas de la jornada. Según contaban, el dolor de riñones es insoportable después de permanecer agachadas durante horas. Tenían las manos ajadas por el sudor, el roce de los guantes, y algún que otro corte de las tijeras. Incluso me decían que durante la noche, en sueños,  veían uvas por todas partes. Y a juzgar por la siguiente imagen no es de extrañar, porque las cepas lucen rebosantes de racimos de uvas.

Nunca fui una jornada completa a vendimiar, pero pasé alguna que otra tarde allí. No me dejaban usar garrancho, para evitar que pudiese cortarme por la inexperiencia, o peor aún, que pudiese cortar a otro vendimiador estando en la misma cepa. Pero sí me dejaban utilizar las tijeras para cortar los racimos. Ni siquiera podía subir la espuerta llena de uvas al tractor, aunque hubiese un banco a modo de escalón de ayuda. Yo me hacía pasar por una chica mucho más fuerte de lo que era y la aproximaba al tractor donde la vendimiadora y el tractorista la volcaban sobre el remolque.

Para una niña era de lo más divertido calzarse las botas de agua del tractorista, (eran tan grandes que podía ponérmelas sin quitarme las zapatillas que llevaba), y subir a lo alto del remolque para pisar las uvas disfrutando de una vista privilegiada de la viña desde allí.

Ver costumbres tan distintas a las de la ciudad me resultaba muy interesante, y el viaje en el tractor me parecía hasta emocionante. Sé que ahora van y vienen a las viñas en coche, y aquello perdió su encanto. Los que trabajan en la recogida de la uva estarán agradecidos de no tener que madrugar tanto, tardar una eternidad en llegar, sufrir los baches del camino y sobre todo el frío al amanecer. Pero yo los recuerdo apiñados unos contra otros, abrigados como si fuera pleno invierno y adormilados… Tan acostumbrados a ello que ni siquiera se emocionaban al ver amanecer y contemplar la primera luz de la mañana en el horizonte. Yo soñaba con las vistas y con sentir el frío en mi cara de camino al campo.

Cada mañana saldo de casa a las 7 de la mañana, cuando aún es de noche, y veo amanecer desde mi coche, justo antes de entrar a Madrid. Y eso lejos de molestarme, me hace sentir bien. Es como un despertar. Noto la energía que me da la luz, me siento activa y pienso en todas y cada una de las cosas que podré hacer ese día, como si fuera el primero o el último. Mi estado de ánimo a primera hora de la mañana siempre es muy bueno. Soy optimista y alegre, sobre todo al despertar.

Siempre he tenido un sentimiento de pertenencia al pueblo en el que nacieron mis padres, porque yo ya nací en Madrid, después de generaciones y generaciones de antepasados de mi madre y de mi padre que son de allí, del mismo pueblo de Ciudad Real. Cada vez que salíamos de Pedro Muñoz en el coche para regresar a la ciudad, yo me daba la vuelta, y apoyaba la barbilla sobre mis brazos cruzados en la bandeja del cristal trasero del coche, para despedirme de mi pueblo, y ver como se perdía a lo lejos. No me giraba hasta ver el cartel verde que indica que entras en la provincia de Cuenca, en la carretera de Mota del Cuervo, que es justo el siguiente pueblo.

Una inmensa tristeza me invadía al abandonarlo. Siempre quería quedarme allí. Me pasa hoy en día también. Que siempre salgo de mi pueblo con pena. Da igual lo que me espere en la ciudad, mi casa, mi familia, mi trabajo, mis amigos… mi vida… Sigo soñando como sería haber vivido en el pueblo, porque sinceramente me sobran muchas de las cosas que tengo en la ciudad, y no tengo otras que son importantes para mí, como ver la puesta de sol, ir sin miedo a toda pastilla con la bici, no cruzarte con nadie en la calle, aparcar en la puerta, y salir al campo solo para despejar la vista, respirar, y contemplar una inmensa llanura verde, en la que despunta de vez en cuando un único árbol o una casita encalada. Sin antenas, sin cables, sin coches, sin carreteras, en silencio, sin más ruidos que los de la naturaleza, sin prisas y bajo un inmenso cielo azul que te hace sentir insignificante pero viva.

Recuerdo que mi mejor amiga me contaba con pena cuando volvíamos al cole después de las vacaciones de verano, que ella también quería tener un pueblo, y regresar a la ciudad contando mil y una historias sobre pequeñas aventuras. Yo me siento afortunada por haber podido disfrutar de él y ahora, a mis años casi 50 años, valoro más que nunca esas formas de vida vinculadas a la cosecha y al trabajo. A una vida sencilla pero llena de gratificaciones, que no se cuantifica con dinero sino con estados de ánimo y sonrisas.

Podría ir a vendimiar una y mil veces pero nunca lo he hecho. Quizá para no olvidar esos bonitos recuerdos de mi niñez que me hacen pensar en la vendimia, y en las viñas llenas de uvas engalanadas con sus pámpanas verdes. Estos son recuerdos muy felices para mí… Olores, sabores, palabras, costumbres y personas que me ayudan a recordar quién soy y quién quiero llegar a ser.

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Fotografía Original propiedad de Crazy Mary

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